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¿El rock está muerto?

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La Ciudad de México y buena parte del país no vieron ningún concierto por más de un año. Aparte de las fiestas clandestinas o los eventos que desafiaron las medidas de prevención, la pandemia de coronavirus frenó en seco toda actividad cultural en lo que respecta a la música en vivo. En las últimas semanas se han logrado llevar a cabo algunos “toquines” con aforos muy limitados, pero es muy probable que estos tengan que ser suspendidos de nuevo frente al impacto de la tercera ola de covid en México.

A sabiendas de pocos, el 13 de julio es el Día Mundial del Rock y para conmemorar la ocasión, se me presentó la tarea de redactar un artículo de opinión bajo el título “¿El rock está muerto?”. Frente a las circunstancias que nos afligen, puede ser algo irónico hablar de la salud de un género musical cuando toda la industria de la música se encuentra en estado de coma.

Cierto, artistas de todo el mundo pudieron lanzar discos, sencillos y videos musicales durante la crisis sanitaria, mientras que el público consumidor ha escuchado el material en su plataforma de streaming de preferencia, pero esta es una industria cuyo corazón late en los escenarios. La música en vivo es la principal fuente de ingresos de la gente que realmente se dedica a componer canciones, y para ellos la pandemia les ha caído como un costal de ladrillos en la cabeza.

Pero esta crisis pasará y cuando esto pase, la gente regresará a los foros con un entusiasmo desbordante, impulsados ya sea por la nostalgia de los tiempos precovid, ya sea por la emoción de volver a compartir algo especial con los amigos, ya sea por la adrenalina de escuchar las canciones favoritas a todo volumen. Y cuando regresen a abarrotar los recintos, le van a inyectar una megadosis de vida nueva a toda la industria que hasta el rock se verá rejuvenecido.

¿Cómo estoy tan seguro de esto? No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Así que dedos cruzados.

El rock: De cuando lo rompieron todo

A finales del año pasado, Netflix sacó una serie documental titulada Rompan todo: La historia del rock en América Latina. Como era de esperarse, la serie producida por Gustavo Santaolalla fue el detonante de varios intensos debates en redes sociales, no solo sobre los méritos y las deficiencias del documental, también sobre la crisis que aflige a la música rock. Para muchos, Rompan todo fue un cubetazo de agua fría a la cara de los fans cuando vimos las entrevistas con nuestros ídolos de la juventud ya viejos, gordos y roncos, sin tener que decir nombres. “¿Pero qué le pasó a _____?” era mi pensamiento más frecuente mientras veía la serie de seis episodios. El paso de los años pibe, eso fue lo que les pasó, es normal, pero aquí la pregunta es si el rock envejeció con ellos.

Hablar de la muerte del rock es un cliché por supuesto. El periodismo musical se ha planteado este tema desde siempre, incluso en los años en que el rock pasaba por su mejor momento. Ya con la trágica muerte de Buddy Holly en 1959 la gente estaba declarando que el rock era cosa del pasado, así que hay más polémica en una quesadilla con queso que en una nota sobre la muerte del rock. Y no obstante, artistas siguen haciendo música rock en este siglo XXI, ya sea en programas de computadora o en instrumentos con cuerdas. Esto se debe a que el rock nunca va a morir, como diría Neil Young. Ningún género musical en realidad muere, simplemente se marchita y con el tiempo y un poco de suerte alguien talentoso llega y le brinda los cuidados necesarios para que vuelva a crecer.

El rock no tiene mayor ciencia. Solo necesitas batería, bajo, guitarra y alguien que cante; por eso es tan fácil que se reinvente. El común denominador parece ser la guitarra eléctrica; si no hay luz entonces es música folclórica. En el rock hay una ecuación de potencia + emergía transmitida a través de un amplificador y el objetivo es ser escuchado. Quizás no tengas nada brillante que decir, quizás solo quieras decirle a la gente que quieres oler el pegamento, pero el punto es romper tímpanos porque esa es tu manera de sacar la cabeza en un océano de ruido: el ruido de los padres, el ruido de la escuela, el ruido del sistema, el ruido de todas las fuerzas opresoras que uno perciba en su mente. El rock te ofrece esa oportunidad de hacer tu grieta en el muro.

Sin embargo, la cultura pop nos presenta muchas otras avenidas para expresarnos y el rock es una avenida ya muy recorrida. Desde hace 70 años, millones de artistas le han sacado todo el jugo posible a los mismos acordes y de alguna manera siguen extrayendo algunas gotas, en parte gracias a que los fans tenemos una memoria corta y pocos se molestan en explorar medio siglo de historia musical. Pero también destaca la misma versatilidad que ofrece el género. Entre los rockeros de la actualidad vemos tres tipos de bandas:

Están aquellas bandas enamoradas con el pasado, tanto que emulan el sonido de las bandas de antaño. Véase el caso de Greta Van Fleet, los Black Keys o Jack White.

Están aquellas bandas que hacen música rock para el siglo XXI, apoyadas en la tecnología de un estudio de grabación o una producción de lujo en sus giras. Es la evolución natural del rock sin adjetivos. Véase el caso de Imagine Dragons, Muse o Kasabian.

Y por último están las bandas que no encajan en la categoría tradicional del rock, pero esto es porque se han ido por una corriente donde hay una mutación del sonido que abre una gama de posibilidades. En México esto quedó muy marcado en los 90 con el éxito de Café Tacvba, Control Machete, Molotov o Plastilina Mosh. No era “Rock en tu idioma”, sino rock bajo otro nombre.

Aunque a duras penas puede clasificarse como rock, el género depende de estas “mutaciones” para mantener su relevancia en la cultura pop y desde esta perspectiva, el rock sigue gozando de buena salud. Bandas como Radiohead, Foo Fighters, Green Day o los Red Hot Chili Peppers siguen encabezando las alineaciones de los festivales internacionales más populares, a pesar de que estos actos no son lo primero que viene a la mente cuando pensamos en “música rock”. A final de cuentas, es la misma filosofía, son los mismos acordes, es la misma estructura de verso-coro-verso, pero hay cambios tan sutiles en la fórmula que solo pueden ser detectados y adoptados por nuevas generaciones.

Por ello no es sorpresa que el tema de la muerte del rock suele estar acentuado por la brecha generacional. Si bien el género tiene esa capacidad de evolución a través del tiempo, los gustos personales de cada individuo suelen permanecer estáticos después de cierta edad (a partir de los 30, según la ciencia). Es por este dato que el término rock suele estar vinculado a la música de los 60 y los 70, es decir, a las bandas que eran escuchadas por nuestros padres y nuestros abuelos, mientras que aquellas bandas de rock que son más del gusto de millennials y centennials reciben las etiquetas de “alternativo” o “indie”. ¿Pero a quién queremos engañar? En el mayor de los casos es rock.

Ahora bien, el rock siempre ha tenido competencia en las tablas de popularidad: la tuvo en su amanecer (jazz, blues, big band, swing y un largo etcétera) y la tiene en su ocaso (reguetón, rap, electrónica, R&B y otro largo etcétera). El rock es el “tío buena onda” de los géneros musicales y por ello lo escuchamos tanto en las pedas de los morros como en las reuniones de los abuelos. Los géneros cambian, se reinventan, reviven y uno nunca sabe cuándo ni cómo. Esa es la belleza de las corrientes artísticas, las cuales dan la impresión de cobrar vida propia y por ello siempre hay alguien que nos ofrece un diagnóstico adelantado. Así que no, el rock no está muerto, simplemente sabe cuándo cambiar de piel.


Fuente: Televisa

admin

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