
El silencio de Rommel Pacheco y la voz incómoda de Paola Espinosa al señalarlo como una persona muy ambiciosa.
La denuncia de Paola Espinosa contra Rommel Pacheco no es un simple pleito entre dos exdeportistas. Es un espejo que revela cómo el poder cuando llega a manos de personas sin la madurez institucional necesaria puede desdoblarse en abusos, intimidaciones y arreglos patrimoniales que rayen en lo oscuro.
Porque lo que Espinosa acusa no es menor: haber sido despojada de una casa mediante amenazas, presiones y una negociación desigual aprovechando el desgaste emocional del final de su relación. Y aquí la pregunta inevitable es: ¿quién era Rommel Pacheco en ese momento? Un atleta reconocido, sí, pero hoy hablamos de algo más grave: un funcionario federal, titular de la Conade, señalado por prácticas que recuerdan más a un cacique que a un representante del deporte.
Lo inquietante no es sólo lo que ella narra, sino lo que esto implica. Si Espinosa diputada, figura pública, medallista olímpica fue presuntamente presionada y amenazada, qué pueden esperar los atletas sin voz, sin tribuna y sin protección política?
Pacheco es hoy un personaje que maneja recursos públicos, opera programas federales y toma decisiones que afectan a miles de deportistas. La sombra de esta acusación no es un chisme ni un asunto privado: es un problema político, uno que cuestiona su integridad, su capacidad de liderazgo y la ética con la que dirige la institución deportiva más importante del país.
Un titular de la Conade no puede cargar con dudas sobre despojos, amenazas o tratos patrimoniales opacos.
Un funcionario público no puede permitirse el lujo del silencio.
Y, sin embargo, eso es precisamente lo que tenemos: silencio.
Resulta revelador que lo que más incomoda no sea lo que Paola Espinosa dice que es duro, grave y directo sino que lo diga, que no acepte quedarse callada, que no se someta al pacto tácito que tantas veces exige el poder: “lo privado no se toca”.
Pero su denuncia sí se toca, sí importa y sí trasciende, porque implica a un funcionario en activo. Y nos recuerda algo fundamental: la violencia no siempre se manifiesta con golpes. También se ejerce con miedo, con presiones, con amenazas silenciosas y con la certeza de que el otro tiene más poder.
El caso abre un flanco serio para la Conade y para el propio Rommel Pacheco. La transparencia patrimonial debe revisarse. Las acusaciones deben aclararse. Y el silencio, por conveniente que pueda ser políticamente, ya dejó de ser una opción viable.
Paola Espinosa encendió una alarma.
Le toca al Estado escucharla.
Le toca a la opinión pública exigir claridad.
Y le toca a Rommel Pacheco responder, no como exdeportista, no como figura mediática, sino como lo que hoy es: un funcionario sujeto al escrutinio y a la ley.











Comments